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.............................Laura ORORBIA

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Laura ORORBIA, poeta, desde Argentina.

domingo, 9 de octubre de 2011

Doctora Eugenia Sacerdote de Lustig, 100 años, investigadora CONICET


                             11º  Ladrillo aportado por Susana Brufman desde su correo personal



HOMENAJE A UNA PIONERA DE LA MEDICINA


Eugenia Sacerdote de Lustig, una mente brillante que acaba de cumplir 100 años

Es italiana, pero llegó a la Argentina escapando de Mussolini. Acá introdujo la técnica de cultivo de tejidos y fue la primera en ponerse la vacuna contra la polio. Una vida de película.

Por Luciana Díaz

Lúcida. Perdió la vista hace 10 años, pero sigue informada gracias a gente que le va a leer a su casa.

Se recibió de médica en la década del 30, cuando para las mujeres la universidad era un ámbito casi prohibido. En 1939 dejó su Italia natal escapando del régimen de Benito Mussolini y llegó a la Argentina con su marido y una hija de un año. Aquí al principio no le reconocieron ni la escuela primaria, pero con los años consiguió hacerse un lugar en lo más alto de la ciencia nacional: no sólo fue quien introdujo en el país la técnica del cultivo de tejidos, sino que además fue la primera persona en aplicarse la vacuna contra la poliomielitis, como una manera de demostrar que era inocua y un arma clave para frenar a una epidemia que estaba causando estragos. Luego se dedicó al estudio de las células tumorales desde el Instituto Angel Roffo, su segundo hogar por más de cuarenta años.
El martes 9, Eugenia Sacerdote de Lustig –“la doctora Lustig”– cumplió 100 años y PERFIL la visitó en su departamento de Belgrano. Un diálogo con historia, enmarcado en la permanente añoranza de lo que no volverá: la vista que perdió diez años atrás por un tumor ocular.

Dos enormes arreglos florales sobre la mesa son la única señal de que en esa casa ocurrió un evento importante. La cumpleañera confiesa que para ella sumar 100 años no significa nada especial. Sin embargo, su familia –tres hijos, nueve nietos, cuatro bisnietos, sobrinos– no piensa lo mismo y esta noche la agasajará con una fiesta en un salón.


Sentada en una de las sillas de su living, al lado del grabador en el que durante horas escucha los casetes que le envían desde una biblioteca para ciegos de Italia, la charla con Lustig sólo será interrumpida por el sorprendente sonido de un gallo: su reloj pulsera, que luego le dice la hora. “Es la única forma de saber qué hora es, porque no veo nada”, aclara. La ex directora de Virología del Instituto Malbrán no se acostumbra a la ceguera. “No conozco la cara de mis bisnietos. De los nietos todavía me acuerdo, pero los dejé de ver cuando eran chicos y ahora son hombres y mujeres y ya no sé qué cara tienen”, suelta con melancolía. La tristeza desaparece cada vez que recuerda con picardía sus hazañas en un mundo de hombres.

—¿Por qué siendo médica nunca ejerció le medicina?

—Me interesaba más la investigación; además, para una mujer era muy difícil atender pacientes. Cuando yo estudié, éramos sólo cuatro mujeres entre 500 hombres. No se puede imaginar las cosas terribles que hemos pasado. Para entrar a la clase de anatomía debíamos atravesar un largo pasillo donde nuestros compañeros se ponían en fila y nos sacaban el sombrero, los guantes, nos tiraban de todo. Como el portero de la facultad vivía en el mismo edificio, pero en vez de entrar a su casa por la puerta principal lo hacía por una lateral, decidimos darle una propina para que nos dejara entrar por ahí.

Casada con Murizio Lustig, un ingeniero que trabajaba en Pirelli (la empresa les ofreció el traslado a la Argentina), la médica logró su primer reconocimiento en el país debido a la poliomielitis, en los 50. 


“El jefe de Virología del Instituto Malbrán se enteró de que yo mantenía las células vivas (había aprendido la técnica en Italia) y me llevó porque necesitaba cultivar el virus de la polio para hacer el diagnóstico. Fue mi primer trabajo pago. La célula humana crece muy bien in vitro si son células embrionarias, entonces yo todas las mañanas iba por las maternidades de Buenos Aires buscando fetos y los llevaba al Malbrán. Luego de hacer el cultivo, lo infectaba con el material que me mandaban de los enfermos. Podía hacer el diagnóstico en 24 horas.


Luego fue enviada a EE.UU. para aprender sobre la flamante vacuna y, al llegar, vacunó públicamente a sus hijos. “La gente tenía mucho miedo y yo sabía que era la única solución. Fue difícil convencer a la gente.”


—¿Sigue al tanto de los papers que se publican?


—No puedo. Aunque tengo gente que me lee diarios y libros, no son científicos. Eso lo extraño mucho. Tengo que leer cuentos. No puedo leer ciencia.

Una prima famosa y centenaria


La doctora Lustig no es la única de su familia con genes longevos. En Italia, su prima ya cumplió los 101. Y no se trata de una prima cualquiera. Es ni más ni menos que Rita Levi Montalcini, una reconocida neuróloga que ganó el Premio Nobel de Medicina en 1986 por haber descubierto el Factor de Crecimiento Nervioso (NGF).


Levi Montalcini, que a pesar de su edad sigue yendo al European Brain Research Institute, el instituto que creó en Roma, es, además, la compañera de ruta de Lustig, a pesar de los kilómetros que las separaron. Las dos estudiaron juntas la carrera de Medicina y dieron sus primeros pasos en la famosa cátedra de Histología de la Universidad de Turín. La diferencia es que con la llegada de Mussolini y su persecución a los judíos, una siguió su carrera en los EE.UU. y no se casó ni tuvo hijos; la otra se tomó un barco con su marido y beba de un año y vino a la Argentina (acá tuvo dos hijos más). Si bien Lustig logró un gran reconocimiento en la Argentina, no obtuvo una proyección internacional como la de su prima o sus otros compañeros de la cátedra de Histología que dirigía el prestigioso Guiseppe Levi: cinco de ellos fueron galardonados con el premio de la reconocida Academia Sueca.


Separadas por la distancia y sus trabajos, Lustig y Levi Montalcini (senadora vitalicia en su país) no se vieron durante treinta años. Hoy charlan por teléfono todos los fines de semana. “Hablamos básicamente de la familia y ella me cuenta cosas de su laboratorio. Yo no tengo mucho para contar”, se lamenta.



REPORTAJE  A  LOS  95:

Eugenia Sacerdote de Lustig: "La búsqueda de la verdad debe estar guiada por la ética"
A los 95 años, la investigadora —pionera de la técnica del cultivo de tejidos en la Argentina— presentó un libro autobiográfico.
(La Nación) "Mi historia no ha sido tan fácil", dice, a los 95 años, la doctora Eugenia Sacerdote de Lustig, investigadora emérita del Conicet y de la UBA, pionera de la técnica del cultivo de tejidos en el país, que introdujo en 1943, e iniciadora en el Instituto Roffo del área de investigación básica en oncología.
La presentación del libro autobiográfico De los Alpes al Río de la Plata fue el 25 de julio en el templo de la comunidad Amijai, Arribeños 2355. El libro fue escrito por la investigadora como recuerdos para sus nietos pero que una amiga, sin consultárselo, estimó oportuno publicar en la editorial Leviatán, porque pensó que podía ser un testimonio enriquecedor y de interés para el público.
La doctora Lustig sonríe mucho, enfoca los problemas de su vida con buen humor y no deja de encontrar un lado positivo a las dificultades. Está casi ciega, pero no se nota, por la facilidad con que se mueve en su soleado departamento de Belgrano. "Cuando quiero leer alguna nota científica sobre biología o medicina, tengo amigas que vienen a leérmela", dice.
Además, dispone de una máquina que reproduce oralmente escritos que le sean compatibles por su idioma y su tipografía. Y cada mes recibe de Italia un libro grabado en CD, de una biblioteca para ciegos, que tiene 10.000 volúmenes. "Tengo para elegir", comenta, sonriente.
Un Nobel en la familia
Está actualizada en todo. Cada domingo la llama por teléfono de Roma su prima Rita Levi Montalicini, premio Nobel de Medicina 1987, que es un año mayor que ella y aún sigue dirigiendo un instituto de investigaciones sobre el cerebro y preside una fundación para mujeres de Africa.
Eugenia y Rita estudiaron juntas medicina; en 1930, fueron dos de las cuatro mujeres que ingresaron para cursar esa carrera en la Universidad de Turín, entre 500 estudiantes. Y como el liceo femenino que habían cursado no preparaba para la Universidad, para poder ingresar tuvieron que dedicar entre 12 y 14 horas diarias durante un año a estudiar materias que no habían visto: latín, griego, matemática, física. "Nunca estudié tanto en mi vida", afirma, 75 años después.
"El país de la abundancia"
Se graduó de médica con las máximas calificaciones. Y tuvo que dar el examen de Estado, que habilitaba para ejercer, en la Universidad de Parma. La dejaron dos horas a solas con un enfermo, apenas con un análisis de sangre y una radiografía, y ella debió dar el diagnóstico y dictaminar el tratamiento adecuado. "Por suerte, salí muy bien gracias al enfermo, que era muy inteligente y me ayudó muchísimo", dice con sencillez.

Se casó y tuvo una hija, Livia, pero no pudo ejercer: en 1938 le sacaron el carné de médica por ser judía, tras las leyes raciales de Mussolini, que "antes de aliarse con Hitler no había demostrado ese nivel de antisemitismo". Su marido, Maurizio, trabajaba en Pirelli. La firma decidió mandarlo a la Argentina, donde pensaba establecer una fundición de cobre. Llegaron a Buenos Aires el 25 de julio de 1939. "Nos parecía estar viviendo en el país de la abundancia porque veíamos en los tachos de basura pedazos enteros de pan y de carne." Pero a los pocos días al marido lo enviaron a Brasil, y ella se quedó varios meses acá, sola, sin conocer el idioma.

Finalmente, pudo unirse a su marido en Brasil. Luego volvieron a la Argentina, pero aquí a Eugenia Sacerdote no le reconocieron el título de médica, ni siquiera la escuela primaria, por lo que empezó a dar exámenes de historia argentina. Hasta que nació su segundo hijo, Leonardo, y no pudo seguir.

Como había trabajado en cultivo de células vivas en el laboratorio del profesor Giuseppe Levi, en Turín, se acercó a la cátedra de Histología de la UBA, donde la dejaron trabajar. "Nadie había visto aquí células vivas, ésta fue mi suerte —dice, con humildad—. Naturalmente, no me pagaban nada. Pero había un fondo para reponer el material de vidrio del laboratorio que se rompiera. Y si no se rompía, me daban un pequeño sueldo. Lógicamente, yo cuidaba que nadie rompiera nada."

Profesora en la UBA

Luego, el director del Instituto de Medicina Experimental, hoy Roffo, la invitó a ir a trabajar allá, con células cancerosas, en 1947. Y en 1954, estando a cargo del Instituto de Virología del Instituto Malbrán, el Ministerio de Salud Pública la convocó para encarar la epidemia de poliomielitis. "Yo estaba en continuo peligro de contagio", reconoce. La enviaron a Estados Unidos y a Canadá para estudiar la vacuna Salk. Al volver aquí, lo primero que hizo fue vacunar a sus propios hijos y decirlo públicamente, por lo que muchos se animaron a vacunar a los suyos.

En 1958, el rector de la UBA, Risieri Frondizi, le permitió presentarse a concurso, aunque su título fuera italiano, y ganó la cátedra de Biología Celular. Bernardo Houssay la llamó al Conicet en 1960 y permaneció en la carrera de investigador hasta el año 2000. A la cátedra renunció en 1966, cuando Onganía intervino las universidades. La noche que la policía entró en Ciencias Exactas, se salvó de los golpes que sufrieron otros profesores porque había salido a hablar por teléfono a su casa para avisar que iba a llegar tarde.

Eugenia Sacerdote formó a muchos jóvenes investigadores y piensa, modestamente, que de todo lo que sembró algunas semillas dieron su fruto. "Agradezco a la Argentina, que me recibió en un momento tan sombrío de la historia del Viejo Continente y me permitió desarrollar con pasión mi actividad científica —dice—. Creo que la ciencia, en la búsqueda de la verdad, nos ha enseñado mucho; esta búsqueda que siempre debe estar guiada por la ética"
                                                         Aportado  por Alejandro  Alonso

ENTREVISTA  A   LOS  88 :


lustig.JPG (45257 bytes)DRA. EUGENIA SACERDOTE DE LUSTIG
70 AÑOS DE MEDICINA



Todavía se sorprende cuando la distinguen con algún premio. Como si su vida y su presente fueran cosa de todos los días. Decidió estudiar medicina en Italia en 1929. Lo hizo contra viento y marea. Con la llegada de Mussolini al poder, el destino la trajo a nuestro país. Hoy trabaja en el instituto Roffo. Sigue investigando con su microscopio. En diálogo con Mundo Hospitalario, no esquivó ningún tema sanitario. Tiene nada más que 88 años

"Sobre 500 hombres que estudiaban medicina en Italia en 1930, éramos cuatro mujeres. Y no era tan fácil -dice la Dra. Eugenia Sacerdote de Lustig-; el recuerdo más grande que tengo está vinculado a todo el esfuerzo que tuve que hacer para poder entrar en la universidad. El colegio secundario en el que estudié era de mujeres y no habilitaba para entrar a la facultad, así que tuve que rendir todos los exámenes libres para ingresar. Para mí fue una gran lucha contra la familia y la sociedad. No se usaba que las mujeres estudiaran y mucho menos medicina. Si estudiaban, estudiaban letras, pero no medicina".

"Sin duda -analiza la Dra. Lustig- en estos casi 70 años he asistido a notables avances científicos con relación a la medicina. Pienso por ejemplo que antes se hablaba de cáncer como una enfermedad incurable por la que no se podía hacer nada. Pienso en el temor que teníamos hacia todas las enfermedades infecciosas como la difteria, la sífilis, la tuberculosis. La aparición de la penicilina ha cambiado totalmente el panorama. Recuerdo claramente el pánico que les teníamos a esas enfermedades".

"Y por otro lado pienso que hemos perdido la figura del médico familiar, el médico que sabía todo de todos los integrantes de la familia, desde muy pequeños hasta la adultez. Era una figura familiar y simpática. Se ha perdido completamente. Ahora hay muchos equipos, muchos aparatos, pero es todo mucho más anónimo", agrega la Dra. Lustig.

Tras haber perdido sus derechos ciudadanos en la Italia fascista de Mussolini, la Dra. Lustig, su marido y su pequeña hija de un año, llegaron a la Argentina en 1939. Y así recuerda su inserción laboral aquí: "Mi primer trabajo fue en la cátedra de Histología Embriológica de la Facultad de Medicina, porque yo había hecho mi tesis de doctorado en Italia en esa materia. Me dijeron que no tenían nada para ofrecerme pero que si quería una silla y una mesa me la daban. Acepté esas condiciones y al año y medio un ayudante se fue a los Estados Unidos y me ofrecieron un pequeño contrato. Por esos años me sorprendía la gran cantidad de mujeres que había en la Facultad de Farmacia y Bioquímica. En la de Medicina todavía no, pero igual se notaba un avance más grande que en Italia".

"Y allí trabajé -señala Lustig- hasta que Perón echó a Houssay de la Universidad. Mi jefe se fue con él y pusieron otro al que no le interesaba para nada la investigación. A partir de allí fue volver a empezar".

"Nuestros científicos tienen una muy buena preparación -la Dra. Lustig no duda-, pero por desgracia no se les dan los medios para trabajar. Hay muy pocos cargos y por eso nuestros jóvenes más brillantes se van. Porque en Estados Unidos, en Francia, en Inglaterra, en Canadá, se les ofrecen los medios para trabajar, buenos sueldos. Es todo distinto, si no, no se nos hubiera ido un Milstein o tantos otros que nunca más volvieron, por desgracia. Si tuviese la oportunidad de modificar algo desde la salud pública, empezaría por ahí, por investigar temas como el Chagas, por ejemplo. No es posible que sigamos así con esta enfermedad que es social; es una vergüenza y hay que prevenir".

La Dra. Lustig investiga en el marco de la salud pública desde hace décadas. Por eso tiene autoridad para analizar el actual contexto del sistema de salud: "Cada día importan más las ganancias. Y por eso los médicos están muy explotados, se les paga una miseria y muchas veces tienen que correr de un lado para otro, con el costo de tener que visitar a un montón de pacientes por día. Los grupos privados no ayudan mucho, o se ayudan a sí mismos".

"Creo que habría que mejorar fundamentalmente en materia de prevención. Prevención en cáncer, en enfermedades infecciosas. Muchas más campañas de las que se hacen serían muy útiles", explica Lustig, que enseguida agrega: "Hay que defender al hospital público a toda costa, porque es la única forma de salvar a mucha gente que lo necesita, que no puede pagar. Por otra parte, la mayoría de los futuros médicos prefieren trabajar en el hospital porque se aprende mucho. El hospital público es muy bueno; desgraciadamente no tiene mucho apoyo, pero es muy bueno".

Un tumor en el ojo le impide trabajar más de lo que desearía. Sin embargo, cada día a las 9:30, la Dra. Eugenia Sacerdote de Lustig llega al instituto Roffo, donde investiga desde hace años sobre el mal de Alzheimer, con la esperanza de encontrar un indicador precoz de la enfermedad. Hay dos jóvenes becarios que trabajan con ella. Al promediar las 3:00 de la tarde está cansada y el trabajo frente al microscopio se le dificulta. Es entonces cuando no comprende por qué tanto reconocimiento público: "Considero que es normal seguir trabajando y estudiando a los 88 años. Hay mucha gente que lo hace. No sé por qué tanto premio", se asombra.

Ciudadana ilustre, médica notable para la Secretaría de Salud de la ciudad de Buenos Aires, Premio de los Piamonteses, Premio Hipócrates de la Academia Nacional de Medicina. Algunos ejemplos de las muchas instituciones que premiaron años de incansable labor solidaria.


Javier Rubel


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6 comentarios:

En Vida Real dijo...

Increíble. Ha cumplido su cometido en la tierra, en ayudar a la humanidad. 100 años de vida, wao...! y qué decir de su prima, otra inteligencia que ha aportado mucho a la ciencia. Felicidades a ellas. Saludos desde Panamá.

mientrasleo dijo...

Fantastica entrada, increiblemente bien documentada.
Felicidades a ella, enhorabuena a tí.
Un saludo

ANTONIO MARTÍN ORTIZ. dijo...

Buena y muy buena información sobre Eugenia Sacerdote de Lustig, una mujer con grandes valores. Es de admirar. Un ejemplo a imitar.

Felicidades, Laura, por tenernos al corriente de la vida de esta eminencia.

Un abrazo,

Antonio

Maripaz Brugos dijo...

Una mujer maravillosa, que con su inteligencia aportó su sabiduria a la humanidad.
Muy interesante.

Marilyn Recio dijo...

Fantástica entrada! Que vida! Gracis por compartir con nosotros la vida de esta gran mujer. Un abraXo

orthos62 dijo...

Que envidia dan las dos, ojala que pudiesemos llegar a esa edad tan lucidas como se las ve. Muy humano el reportaje y que fantastica entrada.
un abrazo de saborescompartidos